Se Nos Acerca el iceberg
“Policía y criminales, sin verguenzas todos”, así describe el taxista quien me llevaba a mi departamento aquí en la cuidad de México después de unos meses en América del Sur sobre lo que me había perdido los últimos meses. “Estamos al punto de estallarnos en otra revolución, le digo, señor, y todo por la maldita droga y desde luego por el dinero”. Al llegar a mi departamiento, un oficial de la policía mal encarado me corta el paso al entrar al edificio. “No se puede pasar-ladra-. ¡Prohibido!”. Le explico que acá vivo, lo cual le importa un bledo. Entonces, con equipaje en mano me junto con unos vecinos a la esquina, los cuales me explican que la policía mataron a nuestro vecino Fernando, el banquero, por haber sido relacionado con el crimen organizado. ¿Quién le mató? Unos me aseguran que fue la polícía, y otros, que los mafiosos mismos. “Da igual, ¿verdad?” alguien susurra. “Sí, supongo que sí, da igual”, yo repito a nadie en particular.
La tragedia de Fernando y su muerte no tiene nada que ver con su culpabilidad en cuanto de su relaciones ilícitas con ciertas organizaciones o personas. Me vale poco si lavaba dinero, traficaba droga, o cualquier otro delito. La verdadera tragedia es que su muerte no representa ningún paso hacia un fin de esta guerra. Su muerte no representa menos criminalidad, violencia, desigualidad, pobreza, o corrupición gubernamental. De hecho alguien más se ocupará su lugar en cuestión de minutos. Y por los mismo motivos que el país entero está metido en esta desgracia—plomo o plata.
Me llevo otro taxi a la casa de una amiga, y esta vez me encuentro con un taxista cubano, lo cual me asegura que el problema en México sea su incapacidad de seguir su propio rumbo: “El gobierno, los empresarios, y toda la gente adinerada en este país temen a su vecino al norte más que a los millones de ciudadanos reclamando por cambios sociales y justicia en las calles”. Sus palabras se quedan conmigo por horas, ambulándose por mi mente hasta que pusiera pluma a papel y escribiera algo sobre la certeza de su verdicto final.
Mi amiga no está en casa, pero tengo llaves y decido pasarmela bien con su perro Chuleta, en lugar de conseguir otro taxi a llevarme a otro sitio en donde nadie estará tampoco. Ya por años he dicho al mundo entero, por muchos medios, que la guerra en contra de las drogas no se resolverá, jamás, por leyes, armas, o más violencia. He hablado con políticos, corresponsales, narcotraficantes, agencias policíacas, escritores, intelectuales, y ahora con taxistas, y parece que todos perciben el inevitable fracaso total en cuanto de esta guerra. Sin embargo, “todos estamos metidos en esto hasta el cuello,” y nuestros barcos ni siquieran tienen capitanes o ninguna forma de liderazgo para cambiar el derrotero antes de que sea demasiado tarde. ¿Será esto la verdadera cara de la democracia? ¿Que no se pueda evitarnos la colisión con el iceberg?
¿Cuántos más? Desde 2006 nuestra incapacidad de dirigir este país nos ha costado 80 mil vidas (muertas o desaparicidas), 160 mil negocios distintos cerrados con todo su empleo, y cada día se reportan 4 mil secuestros, 2 mil robos, 4 mil 600 casos de extorsión, y aún el gobierno tiene el descaro de decirnos que estémos ganando la guerra. ¡Por favor!
La solución a nuestra desgracia no es sencilla, pero empiece con un liderazgo bastante fuerte para que se enfrente con Washington y sus ideologías equivocados. ¿Quién será ese presidente? Los canidatos de PRI y PAN quieren atar nuestro destino al barco estadounidense, sus propuestas son claras—más guerra, más privatización, más desigualidad, más sufrimiento—las cuales están muy lejos de las vidas y vías dignas, las que tanto soñamos.
Les pido con todo corazón que votemos por el único capitán capaz de cambiarnos el derrotero. Ya es hora, ¿no creen?
¡Sí se puede!




